BATALLAS POR LA CULTURA EN EL TEATRO CAMPOAMOR… Y #RESPECTMAFALDA

El 24 de octubre de 2014 puede ser un día grande para Oviedo. Hoy se entregan los Premios Príncipe de Asturias, rebautizados como Premios Princesa tras la reestructuración de la monarquía y custodiados por un cerco policial tan amplio y riguroso que cancelará la vida social de la ciudad durante unas horas. Es signicativo, una hermosa metáfora urbana, que se declare un estado policial para mantener a la gente lejos de una ceremonia que, supuestamente, pretende rendir tributo a personalidades destacadas por sus méritos científicos, culturales y artísticos. La excusa, como es sabido, son las “Marchas de la dignidad“. Miles de personas de Asturias y de toda España se darán cita en Oviedo para protestar contra la monarquía, la corrupción del estamento político y la degradación del sistema económico del país. El Ministerio del Interior ha enviado a Oviedo un grupo de información de la Policía Nacional especializado en “movimientos sociales de ideología radical”, ante la presunta presencia de elementos extremistas en la marcha, argumento tan elástico como difícil de cuestionar porque, ¿qué es un radical, en esta coyuntura? Habida cuenta de que las autoridades ovetenses impiden que los manifestantes se acerquen a menos de un kilómetro del lugar de la ceremonia -y eso a pesar de que el Tribunal Superior de Justicia de Asturias autorizó las marchas-, estamos obligados a colegir que la protesta en sí misma se considera un asunto radical. De tal suerte, y con las cartas encima de la mesa, no me escandaliza ni el despliegue policial, ni la abrumadora criminalización mediática de la movilización contra los Premios Princesa. Es más, creo que la respuesta de medios e instituciones revela acierto en el diagnóstico: las autoridades han comprendido, por fin, que este 24 de octubre de 2014 está en juego algo más que un abucheo a los monarcas, o una muestra de desafección en la izquierda: está en juego una forma de concebir el arte y la cultura.

mafalda8

No pretendo convertir este blog en bitácora política, aunque tampoco le veo sentido a esquivar cuestiones pertinentes para el entramado artístico, y los Premios Princesa son el jalón principal de un sistema de apropiación cultural ilegítima que está en la base de gran parte de los problemas de la agonizante vida artística del país. Desde su nacimiento, los Premios Príncipe se concibieron como una estrategia de exaltación monárquica, generosamente sufragada con dinero público, que concedía premios a personalidades extremadamente populares, confiando en que la relevancia de la figura premiada trasladara parte de su dignidad a la institución monárquica. No lo juzgo en términos monarquía-república, pero no hay más que eso, no lo busquen. No existen criterios científicos ni artísticos que avalen la ceremonia, que se parece más a los bailes de fin de curso de las películas yanquis que a un evento cultural.  Los Premios Príncipe ponen un fajo de billetes encima de la mesa en concepto de cesión de derechos de imagen, y los galardonados, a cambio, se pueden codear con lo más granado de la beautiful people ovetense.  La familia real, por supuesto, juega su papel de centro de una coreografía que se distingue en muy poco de las viejas instituciones del mecenazgo real en la Edad Moderna, con una diferencia crucial: los Premios Príncipe no promueven el tejido artístico, ni impulsan la investigación. Ni siquiera facilitan que se establezca una red de intercambio cultural, de contactos entre investigadores, de acercamiento entre proyectos. Nada. Cuando el Paul Auster o el Peter Higgs de turno -ambos admirabilísimos, entiéndaseme bien- se convierten en referentes consagrados en sus respectivos campos, el Rey -es un decir- les pega un telefonazo, y les propone una oferta que pocos parecen dispuestos a rechazar: tu prestigio a cambio del dinero de mis súbditos.

Mientras tanto, la vida cultural de Oviedo y de Asturias languidece hasta extremos insoportables. El teatro y la música “no oficiales” subsisten al borde del abismo, los tejidos literario y artístico son casi anecdóticos, faltan infraestructuras para promover el deporte, la investigación en la Universidad se convierte en un lujo solo apto para familias adineradas y, ¿qué decir de “pasatiempos” menos populares, como la narración gráfica o la poesía? Muerte y defunción. Solo gracias a la lucha militante e incansable de las mismas personas que hoy se movilizarán en las Marchas de la Dignidad puede disfrutar Oviedo de espacios culturales arrancados a las instituciones. Espacios culturales para los que empiezan, para jóvenes escritores, y también viejos escritores, para poetas, diseñadores, escultores, actrices…, toda esa gente a la que el Banco Santander nunca financiará porque no forman parte del Ibex-35, la gente que convierte el mundo en algo hermoso, no se puede acercar hoy, 24 de octubre, a menos de un kilómetro de los Premios Princesa. Menos aún se podrán acercar a Quino, el venerable creador de Mafalda. Mafalda, ese personaje antifranquista, antifascista, socialista y sistemáticamente rebelde, que la monarquía y sus palmeros quieren cooptar para su causa, aprovechando que Quino, por su edad y descreímiento, ya no parece dispuesto a plantearse nada. Ni siquiera cuál es su lado de la trinchera. No importa. Toda la gente de buen corazón debería decir bien alto #RespectMafalda, y desear la mejor de las suertes al genio argentino. Pero que nadie lo dude: las vallas y las furgonetas de la Policía se han convertido en una barricada que separa dos cosmovisiones culturales, no solo dos bandos políticos.

Mafalda

La pregunta final es, ¿quién está encerrando a quién? Las Marchas de la Dignidad han conseguido hacer visible que la movilización contra los Premios Príncipe o Princesa trasciende, con mucho, la protesta política o las proclamas antimonárquicas, y las autoridades ovetenses, aunque no hagan explícito, han entendido que lo que se está jugando en la ceremonia del Teatro Campoamor es una batalla por la gestión de la cultura. De un lado, una ceremonia en la que hay de todo menos cultura. Una ceremonia orientada a la pompa y al boato, al desfile del político de turno, a la genuflexión, al vestido de gala y al saludo de cortesía. Una ceremonia, en fin, en la que los premiados no son más que un mero adorno que en poco se diferencia de las luces del Campoamor o de las limusinas negras. Del otro lado, fuera del círculo de seguridad, está la gente que lleva años luchando por la cultura a nivel de calle, peleando porque haya espacios de creación y difusión del arte para todo el mundo, no solo para aquellos que han conseguido acceder -o se han dejado querer por- al poder y a los medios mayoritarios. Esta es la gran victoria de las Marchas de la Dignidad: hacer caer el velo que separaba falazmente lo cultural de lo político. Movilizarse contra los Premios Príncipe es ponerse del lado de la misma gente a la que se dirigía Mafalda durante los años de hierro en Argentina, y solo me queda agradecer a las autoridades de la ciudad que hayan blindado Oviedo para que nadie pueda confundirse de bando. Las cartas ya están sobre la mesa y, por primera vez en tres décadas, hay partida. La batalla del Campoamor es la primera, pero no será la última. Ah, y #RespectMafalda.

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