LA TORTUGA TODOVABIÉN: Desmontando el viaje del héroe

Introducción: De niños, héroes y capitalismo

Hay que llamar a las cosas por su nombre, porque es la única forma de que acudan a nuestra llamada; y esa sociedad no se llama Occidente ni Progreso ni Modernidad: se llama capitalismo

SANTIAGO ALBA RICO – Leer con niños, p. 15 (Caballo de Troya, 2007)

portada

La Tortuga Todovabién

Escritor: David Acera
Dibujante: Nanu González
Editorial: Takatuka

Admiro al cuentacuentos tanto como desconfío del supuesto género denominado “literatura infantil”, aunque reconozco que mis recelos tienen más que ver con la situación del mercado editorial que con la propia etiqueta. En pocas palabras, tengo la sensación de que la literatura infantil se ha convertido en un nicho comercial definido por la simplificación formal y el predominio de la moraleja, escasamente preocupado por la riqueza del estilo, la profundidad de los personajes o la calidad del argumento moral. Tal situación no deja de ser paradójica, toda vez que algunos de los mejores autores de cuentos infantiles –Andersen, Collodi, Barrie, Lagerlöf, Exupery…- escribían en un estilo preciosista, lleno de imágenes y tropos propios de la literatura “generalista”. En la narrativa infantil contemporánea, por supuesto, no faltan estilistas –especialmente en el libro ilustrado: basta pensar en maestros de la talla de Shaun Tan o Maurice Sendak– pero los estándares comerciales son, por decirlo suavemente, bastante relajados.

Por otra parte, el ámbito educativo tiende a desaprobar la politización temprana del niño, aunque conviene precisar que se denigran como “políticas” solamente las obras críticas con el sistema, mientras que las que se basan en valores liberales que no cuestionen la estructura de clases son premiadas con el rótulo de “pedagógicas”. De entre todos estos valores liberales acaso el más dominante, no solo en la narrativa infantil, sino en cualquier segmento mayoritario de las industrias del entretenimiento, sea el culto al individuo; Fernando Savater, cuyas reflexiones acerca de la literatura no carecen de interés, resume –y celebra- con admirable precisión el rol de la ideología individualista en los cuentos.

“La astucia del joven héroe, las informaciones que posee y maneja… no sirven tanto para descubrir los mecanismos de funcionamiento de lo real como para demostrar el temple y la condición de quien los utiliza” (FERNANDO SAVATER – Aventura y paisaje en los cuentos, p.2)

La negrita es mía. Savater, heredero intelectual de la ética del egoísmo de Schopenhauer, ensalza uno de los mitos fundacionales del capitalismo: la fantasía burguesa del individuo aislado que consigue elevarse de entre sus semejantes gracias a la superioridad de su espíritu. Esta mitología, que atribuye virtudes únicas al emprendedor o al empresario de éxito, tiene su correlato ficcional en los modelos narrativos del “viaje del héroe”, cuyo principal referente es El Héroe de las mil caras, del que hablaremos más adelante. Baste decir, de momento, que “el viaje del héroe”, estrategia retórica clave para la ficción occidental, dista de ser una teoría inocente.

En cualquier caso, muy pocas obras orientadas al niño se resisten activamente contra el individualismo y la moralina que triunfan en el mercado actual, y tengo el placer de reseñar una de las más recientes excepciones: La Tortuga Todovabién, escrita por David Acera e ilustrada por Nanu González. Confío en que los autores sabrán disculpar que aproveche la ocasión para reflexionar -siempre con La Tortuga Todovabién como excusa- acerca de las relaciones entre la ideología del capitalismo, los modelos narrativos occidentales y la literatura infantil.

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Tema, estructura y argumento moral

(Algunos dicen:) los niños de otros tiempos leían más. No es cierto. La gran mayoría de los niños de antes ni siquiera aprendía a leer. Los hijos de los campesinos a los cinco-seis años llevaban a pastar a las cabras, y los hijos de los obreros entraban a trabajar en las fábricas. Libros y periódicos existían solo para niños de la burguesía acomodada. Los niños de hoy leen poco, quizás, pero no en comparación con un pasado que no les atañe, sino en comparación con un futuro en que existan las bibliotecas que hoy no existen…

GIANNI RODARI – “Ayer, hoy y mañana” en La escuela de la fantasía, p.62 (Popular, 2003)

Por si alguien piensa que un texto con trasfondo político ha de ser un asunto farragoso, quisiera aclarar cuanto antes que La Tortuga Todovabién es una fábula ligera, muy clásica en lo formal, que evita cualquier mención expresa a la política. Resumiré el argumento en sus elementos mínimos: una tortuga vive en una isla junto a otros animales y no le importa otra cosa que comer sus higos chumbos. ¿Para qué necesita jugar en el agua o escuchar el violín de los cangrejos, mientras pueda saciarse sin preocuparse por el mañana? Cada vez que un animal quiere jugar con Todovabién, la tortuga canta su canción.

“Todo va bien, todo va bien, teniendo algo que comer”

cangrejos violinistas

Avanza el relato y unos marineros llegan a la isla. Dejan unos cerdos para poder alimentarse de ellos en caso de que la desgracia les convierta en náufragos. Los cerdos, que resultan ser hábiles cazadores, atacan a todos los animales de la isla… salvo a la tortuga, protegida por su caparazón, y a sus higos chumbos, cubiertos de espinas. Todovabién no tiene nada que temer de los cerdos, así que, cada vez que uno de los animales, desesperado, le pide su ayuda, la tortuga canta:

“Todo va bien, todo va bien, teniendo algo que comer”

marineros

Así como Blancanieves interroga por tres veces al espejo mágico, o por tres veces sopla el lobo las casas de los cerditos, tres veces negará la Tortuga Todovabién su ayuda al resto de animales de la isla. No nos detendremos a comentar la función estructural de la repetición trimembre en la narrativa, pero destaquemos su principal función: mantener al auditorio expectante. Este recurso estilístico es lo que Linda Volosky denomina “estereotipia reiterativa”, y en muchas ocasiones suele acompañarse de un estribillo que ofrece al niño la posibilidad de cantar y evita que una progresión excesivamente acelerada desoriente o aburra al auditorio.

La Tortuga Todovabién es, por tanto, una fábula clásica de estructura circular y desenlace irónico. Su estructura se apoya en la repetición del estribillo, que funciona como elemento cómico al principio del relato, como anticipación dramática en su parte central y a manera de éxodos –el coro con el que concluía la poesía trágica griega- al final del cuento. Dando cumplimiento a la profecía del naufragio, un hambriento marinero llega a la isla cuando los cerdos han acabado con todos los animales… y ya nadie puede ayudar a la lenta y solitaria tortuga.

Esta progresión simbólica no culmina en una moraleja, no al menos si se concibe la moraleja como una prescripción moral que simplifica la complejidad de la vida y ofrece recetas de fácil cumplimiento. La Tortuga Todovabién combate, por ejemplo, la idea de la caridad –dádiva que “desciende” verticalmente-, para sustituirla por la solidaridad, que no es un imperativo ético, sino una necesidad de las clases populares. El cuento de Acera y González elude cualquier oposición binaria entre el “bien” y el “mal” para proponer al niño –y a sus padres- una herramienta de aprendizaje que requiere problematizar valores rara vez cuestionados en los medios tradicionales.  En última instancia, la gran lección moral de La tortuga es que los individuos aislados no pueden sobrevivir, necesitan al colectivo: en un mundo dominado por un egoísmo institucionalizado que no entiende de justicia ni piedad, ayudar al vecino es la única forma de salvarse uno mismo.

 Los niños y el placer de la sangre

“Mirad al cielo y preguntaros: ‘¿se ha comido o no se ha comido el cordero la flor?’. Y veréis como todo cambia…¡Ninguna persona mayor podrá comprender nunca que esto tenga tanta importancia!”

ANTOINE DE SAINT-EXUPERY, El Principito, p.128 (Grupo Tomo, 2010)

 Los niños nunca se dejan engañar por la ficción porque la contrastan, sin apenas distorsiones, con su experiencia inmediata. Muchos adultos, en cambio, piensan con las ideas de otros y aceptan como propias explicaciones que no tienen nada que ver con su realidad material. La distinción de Walter Benjamin entre conflictos primarios y secundarios en la literatura nos puede resultar útil para abundar en la cuestión. Los conflictos secundarios son los propios de la novela en tanto aparato de la burguesía, y abundan en celos, obsesiones y galanteos. Los conflictos primarios son los propios del folklore y tienen más que ver con la vida y la muerte, con el poder en estado puro, y en este aspecto los niños son unos intérpretes de primer orden. Como escribió el psicólogo William James en Talks to Teachers:

“Las cosas vivas, las cosas que se mueven, o las cosas que saborean el peligro y la sangre, que poseen cualidades dramáticas, son las cosas que interesan instintivamente a la infancia, casi hasta excluir todo lo demás…”

Hay que tener en cuenta que el niño, incluso el más feliz y mejor tratado, vive la infancia como un período represivo en el que se ve obligado a obedecer miles de normas que aún no entiende. Es lógico que las fantasías infantiles abunden en monstruos, dinosaurios y demás criaturas que irrumpen en los centros de poder adulto –hogares, escuelas, iglesias…- subvirtiendo violentamente las jerarquías que les oprimen. En última instancia, el niño percibe que los padres y educadores se encuentran en una posición de superioridad tal que toda negociación no es sino un camino indirecto hacia la obediencia. Su experiencia vital les traslada una imagen precisa del funcionamiento de la sociedad de clases: la vida en sociedad se basa en la imposición y no en el consenso. Todavía entienden el mundo tal y como lo experimentan.

Entonces, ¿qué se espera un niño cuando la tortuga Todovabien se niega a ayudar a sus semejantes, incluso ante un peligro de muerte? Saben que es un error grave, pero no por consideraciones morales, sino por un motivo tan prosaico como certero: si no ayuda a que el resto de animales se defienda, tarde o temprano, se la comerán a ella. Lo comprenden la primera vez que la tortuga canta: “Todo va bien, teniendo algo que comer”, y en cada repetición del estribillo saborean la ironía, la sangre, por anticipado. Aún no han sido educados en la empobrecedora necesidad del happy ending. Solamente los adultos cooptados por la ideología hegemónica pueden creerse las fantasías redentoras del capitalismo, a saber, la asunción de que el individuo heroico siempre ha de recibir una segunda oportunidad.

Los padres esperan que La Tortuga Todovabién tenga un final feliz, que la pobre criatura aprenda la lección, que las fuerzas del destino le den una segunda oportunidad, que los náufragos no se la coman… tal y como esperan que las fuerzas del mercado actúen en su beneficio, que la inmobiliaria se apiade de su situación, que su vida se convierta en un relato de satisfactorio consumismo y de ascenso social. Pero los niños comprenden mejor la vida, porque la piensan tal y como la experimentan. Saben que la tortuga es lenta, y que está sola, y que se ha equivocado, y que se convertirá en sopa. El individuo aislado no puede sobrevivir.

tortuga

Desmontando el viaje del héroe

Adelante, búrlate de mí –dijo con petulancia-. Salvo para un héroe, el mundo carece de sentido. El héroe aprecia valores allí donde los demás son incapaces de verlos. Ésa es la naturaleza de un héroe. Lo que, al final, por supuesto, lo conduce a su muerte. Pero también convierte en valiosa su lucha

JOHN GARDNER – Grendel, p. 118 (Meettok, 2009)

La ficción comercial tiende a simplificar la realidad social convirtiendo en norma las excepciones, y el “viaje del héroe”, aparte de una preceptiva útil para el guionista, es uno de los resortes más potentes del discurso capitalista. Según este modelo narrativo –vulgarizado y difundido, entre otros, por el mitógrafo Joseph Campbell en su famosa obra El Héroe de las Mil Caras (1959)- cualquier relato es una combinación de personajes arquetípicos y tramas predeterminadas en las que el protagonista atravesará un proceso de autodescubrimiento en el que superará obstáculos en progresión creciente, hasta alcanzar una barrera tan poderosa que exigirá toda su fuerza espiritual para triunfar. Esa fuerza espiritual solo la puede conseguir si aprende de sus errores iniciales y logra renacer, convertido en un mejor ser humano. El paradigma heroico –‘arquitrama’, en lenguaje de McKee– puede dar lugar a historias tan refinadas como las de Tootsie o El Viaje de Chihiro, pero tiende, cada vez más, a producir relatos vacíos y encorsetados, del estilo de Avatar o Frozen.

En todo caso, la cuestión va más allá de las cualidades del relato. El paradigma heroico, al menos en la versión del muy conservador Joseph Campbell, es tanto un modelo narrativo como un sistema de producción ideológica. ¿Qué hay implícito en la idea de que los protagonistas de los cuentos sean héroes en un ciclo constante de superación y autodescubrimiento? La muy decimonónica suposición de que los individuos triunfantes, los que ocupan los estratos superiores de la sociedad, disfrutan de su posición gracias a las virtudes de su espíritu y a su inquebrantable constancia. Por los mismos motivos, aquellos que ocupan las capas inferiores de la sociedad son los que carecen de tales virtudes. En un gesto que recupera el más rancio clasismo, la ficción mayoritaria propone un modelo que presenta al individuo triunfante como un ser virtuoso y a la masa como un ente amorfo, carente de voluntad. No hay que infravalorar, en este sentido, el papel de la ficción en la reproducción ideológica del capital: convencer a la mayoría oprimida de que deben admirar a la minoría dominante en lugar de rebelarse contra ella es una tarea que requiere todo tipo de afirmaciones simbólicas. Y que no está mal pagada, por cierto.

Regresemos a La Tortuga Todovabién. Quizá ahora podamos aquilatar con más precisión su argumento moral. Una tortuga que vive en una isla junto a otros animales se niega a ayudar al resto de animales, hasta que, sola y sin amigos, perece víctima de un hambriento náufrago. Ya hemos comentado que un requisito del paradigma heroico es que el protagonista de cada historia emprenda un camino de aprendizaje que le permita superar sus errores iniciales. Pero David Acera no permite que la tortuga aprenda de sus errores. ¿Por qué? En gran medida, para dar sentido a la función simbólica de los protagonistas.

La tortuga representa el rol del individuo alienado que rompe sus lazos con el colectivo a cambio del bienestar material. Eso no es tanto un error como una decisión, matiz importante. Los marineros, por su parte, podrían representar al libre mercado, una fuerza imprevista que asigna racionalmente los recursos disponibles. Pero siempre que los actores económicos acuden al mercado en condiciones desiguales, este asigna los recursos en favor del más fuerte. La tortuga decidió emprender un camino de enriquecimiento privado y compitió, libremente, contra los náufragos. ¿Ha cometido un error? Sí, pero uno que no tiene solución.

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Llegamos a la clave de bóveda del argumento moral de La Tortuga Todovabién, su logro, a mi entender, más admirable, sea o no consciente. En una fábula clásica siempre podemos identificar el valor negativo del protagonista, y en este caso sería sencillo señalar al egoísmo. Pero sería un déficit analítico por nuestra parte. El egoísmo es un requisito para que funcione el capitalismo, y solo el progresismo más adocenado puede pretender lo contrario. Es un tanto hipócrita fingir que al niño se le ha de educar en la generosidad cuando, al mismo tiempo, se le bombardea con mensajes que ensalzan la competitividad, que vinculan la satisfacción personal al consumo y al enriquecimiento, y se le insta a celebrar que haya compatriotas en la lista de personas más ricas del mundo.

No, la tortuga Todovabién no ha sido castigada por ser egoísta, puesto que ese comportamiento es el normal en el capitalismo. David Acera nos muestra las consecuencias de que las clases populares acepten la ideología dominante como modelo de conducta, pero no juzga sus implicaciones éticas. Los náufragos no son malvados por comerse a la tortuga, del mismo modo que no lo es el policía que ejecuta un deshaucio. Lo perverso es el sistema, y aquél que abandone la protección del colectivo estará condenado a enfrentarse en solitario a fuerzas que pueden hacerle pedazos.

Y así termina el relato, con la muerte de la pobre tortuga. No hay juicios, ni explicaciones. El cuentacuentos sabe que los niños ya entienden que los finales no siempre son felices –la arbitrariedad del destino, ya lo hemos comentado, forma parte de la experiencia vital de la infancia-, y que quien se equivoca reiteradamente suele pagarla. No hay, alabados sean los dioses, moraleja. En su lugar, queda un sereno aprendizaje que permite al niño decidir cómo aplicar lo que ha leído según le aconseje su contexto personal y su propio carácter.

Apartado gráfico

¿No es increíble lo que puede tener un lápiz en su interior?

QUINO

Le voy a dedicar al trabajo de Nanu González menos tiempo del que se merece porque no me siento suficientemente cualificado para analizar la obra de un ilustrador infantil. Aun así, me atreveré a aventurar algunos referentes que podrían servir para contextualizar el trabajo de esta gran dibujante. Las ilustraciones de La Tortuga Todovabién destacan por las grandes dimensiones de las figuras, la simplificación esquemática de los fondos y la suavidad, casi melancólica, de los colores. Esta descripción me hace pensar en algunos dibujos de Effie Lada o de Jimmy Liao, aunque en el caso del taiwanés le cito más por la concepción anatómica de sus animales que por la técnica general. El trabajo de Shaun Tan –especialmente en álbumes como Tales From Outer Suburbia se enmarca en una tradición figurativa similar a la de La Tortuga y en el mismo sentido podríamos incluir las ilustraciones menos “lacombianas” de Rebecca Dautremer.

En todo caso, en Nanu prima la caracterización amable e infantilizante de los animales; su dibujo tiene un aire menos trágico que el de la escuela distópica de Tan o la gótica de Lacombe. De tal forma, para terminar de contextualizar su trabajo, deberíamos combinar la tendencia de la vanguardia a deformar y exagerar las proporciones con el tono inocente y amable de autores como, por ejemplo, Guy Parker-Rees. Este aire más amable es el que prima en otros álbumes de Nanu como Circo Alegría, obra que también recomiendo vivamente a padres y niños. No me resisto a citar en este apartado Los fabricantes de montañas, de Jorge Del Corral, uno de los dibujantes que, en mi opinión, más ha hecho por abrir caminos para el libro ilustrado español. En todo caso, estoy seguro de que la autora podría corregir mis impresiones y añadir nombres mucho más pertinentes. De hecho, me agradaría que tuviera la bondad de hacerlo.

Y hasta aquí hemos llegado. No me resta más que celebrar que editoriales como Takatuka continúen apostando por el libro ilustrado, especialmente si le dedican ediciones de calidad a un precio razonable, como es el caso. La Tortuga Todovabién es una obra que podría figurar en el repertorio de cualquier cuentacuentos, o en la estantería de cualquier padre que disfrute leyendo cuentos con sus hijos. Aunque, claro está, es especialmente recomendable para las personas que prefieran dar a sus hijos herramientas para la reflexión en lugar de adormecerles con moralejas prefabricadas por un mercado al que le preocupa más bien poco el destino de los niños.

contra

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