Spleen. Una experiencia inolvidable

No había más desasosiego en mí porque aquello era el desasosiego hecho carne. Si pensaba en cualquier cosa, estaba en orden, y si llegaba algo a cualquiera de mis sentidos, lo que percibía sencillamente era.

Cualquiera que lo veía estaba de acuerdo en que eso que existía delante de sus narices tenía que vivir a toda costa.

Esteban Hernández – Spleen

A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo mismo se vendría abajo

William Faulkner

En cierta ocasión Marthe Robert dijo que los libros “solo tienen valor en función del libro superior que nos permiten imaginar”. Es una definición imprecisa del hecho literario, arbitraria; caprichosa, incluso. Pero, pese al trasfondo normativo, creo que tiene cierta utilidad como baremo emocional. Siguiendo a Robert puedo asegurar que no se me ocurre un mejor Spleen que el que tengo entre las manos. Desde luego, pudo haberse contado de otra forma, pero el relato de Esteban Hernández no suscita el deseo de un libro superior. Podemos contar cien muertes para Ivan Illich y solo una será cierta; podemos imaginar un Spleen en prosa o en verso, en gran pantalla o a todo color, y ninguno será el verdadero. La fuerza del relato de Esteban Hernández deviene de la unión entre contenido y forma, de la mutua necesidad entre el qué y el cómo. Spleen es cómic porque no podría ser otra cosa.

Premisa e inspiración

Spleen es un término de origen griego que denota  una especie de melancolía indefinida, un estado de desasosiego vital que popularizó Baudelaire, retomando un tema con firmes raíces literarias. En 1757 Pierre Victor de Besenval escribe Le Spleen, novela que consagra la grafía y que enlaza el desencanto, la desgana, con el malestar social. Pero no habría que pensar simplemente en el desinterés por la vida o el hastío del mundo: el estado del spleen tiene más que ver con la conciencia salvaje de la propia inoperancia que con una mera melancolía depresiva. Supongo que no son necesarias más explicaciones. Todos hemos sentido en alguna ocasión un estado de ánimo similar: a veces las cosas son demasiado grandes, o demasiado pequeñas. A veces nada tiene sentido y no merece la pena levantarse a buscarlo.

Pero no teman. Spleen no alardea del tedio, no abusa de la filosofía ni es una vida al desnudo. Creo que es el primer punto que debo aclarar. Se supone que la novela gráfica es, esencialmente, cómic autobiográfico. Aunque aceptásemos tal juicio habría que establecer matices. Si comparamos el temperamento de Esteban Hernández con los alardes exhibicionistas de Chester Brown, Robert Crumb o Joe Matt, diría que nos hallamos ante un creador pudoroso. En este cómic asistimos a confesiones tan honestas que resultan dolorosas pero, al mismo tiempo, tan contenidas que preservan el núcleo íntimo del individuo. Spleen es algo más que la premisa del guionista: es una excusa para involucrar a los lectores en un proyecto de autobiografía a través de la revelación ajena. Adentrarse en Spleen desnuda más al lector que al autor. La sensación que me quedó tras la primera lectura –frenética, como hacía tiempo que no me pasaba – es que la pelota quedaba en mi tejado. Como si el autor, el protagonista y su monstruito se me quedaran mirando, con cierta curiosidad. Pocas veces llegamos a sentir que un cómic nos interroga.

mirada

Y es aún más raro que una vez cerrado siga esperando nuestra respuesta.

portada

 Trama y dibujo

Una de mis obsesiones es rastrear las influencias y referentes de cada dibujante cómic. En este caso diría que no he encontrado gran cosa o, mejor dicho, el revoltijo confuso que tengo no me lleva a ninguna parte. Creo que los fondos tienen algo de Chester Brown, especialmente del Brown de la época de Playboy, aunque algunos edificios parecen inspirados por la arquitectura de Chris Ware. El diseño de personajes se me da un aire al Cenizas de Álvaro Ortiz y el monstruito que sigue a Matías –el prota de Spleen– podría tener algo que ver con King Egg, de Miguel B Nuñez. Para complicar la mezcla diré que algún gesto caricaturizado de las manos podría hacer pensar en Spirou y  que la inspiración de la historia tiene mucho que ver con el Blast de Larcenet. De hecho, entre Polza y Matias parece haber cierta inquietante unidad, como si el protagonista de Blast fuera el reverso oscuro, fallido, del de Spleen. Apuntaría, por último, que algún recurso gráfico recuerda a hallazgos de Mazzuchelli en Asterios Polyp.

Viñeta del Asterios Polyp, de Mazzuchelli

Viñeta del Asterios Polyp, de Mazzuchelli

Viñeta de Spleen

Viñeta de Spleen

La estructura narrativa, pese a lo complejo del tema, es bastante clásica. En una apertura memorable Matías cuenta el malestar vital que le aqueja a través de su incapacidad para establecer relaciones erótico-afectivas plenas. Es un arranque modélico, que capta la atención de inmediato sin esfuerzo aparente.

primera

No hay maldad en el comportamiento de Matías. Sencillamente en el sexo se manifiesta el mismo malestar emocional que le acompaña en lo social, lo artístico y en cualquier faceta de su vida.  Insisto, en que no se trata de exhibicionismo filosófico. De hecho, Spleen es una obra recatada, que busca la belleza en la observación más que en la queja. Matías localiza el problema –con la ayuda de un excéntrico psiquiatra, cuyo papel queda poco claro- en las primeras páginas, intenta solucionarlo a lo largo de la trama y hacia la mitad de la obra ha conseguido establecer una relación afectiva que abre las puertas a una nueva estabilidad.

El relato es en verdad adictivo, se lee en un suspiro durante sus primeras tres cuartas partes. No obstante, el flujo narrativo se ralentiza levemente al inicio del tercer acto. Comprendo que era un declive necesario para establecer la simetría entre los orígenes del Spleen, su evolución y el desarrollo de su lógica, pero durante unas pocas páginas la nueva rutina, que alimenta la salvación de Matías, se vuelve un tanto lenta. No afecta a la impresión de conjunto, puesto que Spleen se lee sin cortes, pero la aproximación final pudo haberse suavizado con un giro que animase la rutina triunfante de Matías.

 Narración y estilo

Quizá me equivoque pero tengo la impresión de que hay poco espacio para el azar en este cómic. El narrador envejece, cambia de peinado, se deja barba, siente piedad por sí mismo. Matías altera su expresividad sutilmente, diríamos incluso que emerge del relato con un repertorio gestual ligeramente modificado. La forma de las viñetas se adecua a la historia, aunque predominan las rejillas simétricas, de cuatro o de seis. A nivel del discurso, Spleen es una narración gráfica que podría incluirse en el caudal posmoderno de la búsqueda identitaria, aunque se comprende mejor desde la literatura del modernismo, del fin de siecle. El radical compromiso con la construcción del narrador de Henry James o de Virginia Woolf me parece más adecuado para Spleen que la celebración de lo fragmentario al modo de, digamos, Pynchon o Foster Wallace. En todo caso, los referentes básicos del estilo literario de Hernández seguramente tengan que ver con alguna modalidad del realismo crudo estadounidense. Bukowski, sin duda, y quizá Henry Miller.

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Si sustituyéramos el final del párrafo por algo más típico como “si se la hubiese metido me habría corrido de inmediato” arruinaríamos por completo la atmósfera. La retirada elegante de Esteban Hernández hacia un comentario amable no solo evita la vulgaridad, sino que establece las bases del carácter del narrador y el tono de Spleen. Los detalles crudos de la vida se observan sin dramatismo y, pese a la seriedad inmensa de la problemática, la vida sigue. Este juego entre la confesión cruda y el lirismo es la piedra angular del equilibrio en Spleen. Algunas frases son realmente meritorias, dignas de un escritor aplicado.

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La voluntad de estilo se puede observar también en la narración, que tiende a organizaciones simétricas para alargar los momentos climáticos. La secuencia del capítulo 13, del que selecciono cuatro páginas, me parece particularmente hermosa.

sec1

sec2

Sorprende que, comprometido como está Esteban Hernández con un sistema narrativo tan expuesto al fallo –por lo exigente-, apenas cometa errores. La solidez de Spleen es impropia, fuera de lo común. Si rastreamos el cómic en busca de algún titubeo quizá nos encontremos algún ejemplo aislado. Por ejemplo:

redundancia

A no ser que haya algún aspecto que se me escape la segunda viñeta es redundante. En todo caso, son tan pocos los tropiezos y tan grandes los aciertos… Pueden creerme, en Spleen abundan las páginas inolvidables y los textos inspirados, pequeñas obras de arte que conmueven hasta lo más profundo. La página en la que Matías gesticula levemente frente al espejo vale por una carrera como dibujante.

espejo

Como lo vale esta doble página en la que el protagonista comienza a tomar las riendas de su vida, aunque aún no tenga muy claro hacia dónde encaminarla.

estimulos

Respecto al final… no revelaré nada, claro. Pero sí explicaré cómo lo he interpretado yo. No me parece simbólico ni alegórico, o no solo eso. Creo que es un final en toda regla, que cierra la narración sin dejar cabos sueltos. Me encantaría que alguien que se hubiera leído Spleen me comentara sus impresiones, porque intuyo que muchos pensarán justo lo contrario. Desde mi punto de vista, Spleen termina como debe: contándose a sí mismo, concluyendo su propio arco narrativo en un suave estallido que debería dar inicio al recorrido de los lectores. Spleen es la historia de una certidumbre: que la angustia sea insoportable no quiere decir que no podamos darle un nombre. Incluso amarla.

sonrisa

Esteban Hernández y Matías encontraron su camino. ¿De verdad queréis perderos el vuestro? Haceos un favor y leed Spleen.

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3 thoughts on “Spleen. Una experiencia inolvidable

  1. De los cómics que me he leído recientemente Spleen y el fanzine Usted que lo acompañaba son los que más tiempo están viviendo en mi cabeza. No diría que es lo mejor que he leído pero sí el que más cosas me ha movido, con los que he conectado a nivel emocional. De todas formas no veo a Spleen tan redondo como tú. No llego a comprender el rol del psicoanalista y el final me parece un cambio de tono innecesario. Parece como si al final tuviera la necesidad de contar una historia al uso para no ser un cómic simplemente descriptivo. Y me gusta Esteban Hernández más cuando parece que no cuenta nada que cuando cuenta algo. No me gusta cuando hace humor, y me parece que tiene un don a la hora de explicar sensaciones muy complejas. El final me recuerda a las películas de León De Aranoa, películas de situaciones a las que se le añade una trama de forma un poco artificial como para acabarlas de alguna forma.

    • Tampoco yo entiendo del todo el rol del psicoanalista, no te creas. Comprendo que el protagonista necesitaba, estructuralmente, un personaje que expresara determinadas sutilezas vedadas a la consciencia de un narrador en constante proceso de construcción, pero no me queda clara del todo la teatralidad con la que aparece el doctor. Creo que ahí hay materia para rascar… Lo que pasa es que no lo mencione porque en la primera lectura me resultó satisfactorio o, al menos, no reparé en ello. Las segundas lecturas son traicioneras, nunca sabe uno si se ha convertido en un lector más competente o le está buscando tres pies al gato xD. Pero coincido con tu apreciación.

      Eso sí, en cuanto al final, la verdad que a mí me gustó mucho. Mi sensación es que la vivencia psicológica produce un ser metafórico y que esa es la única historia que está contando Spleen, con lo que su final uno implica la interrupción brusca del relato.

  2. El spleen hecho carne me parece genial. Cuando se escribe o se cuenta a alguien algo que te angustia es un poco para que salga de ti y se quede fuera y con el spleen ocurre de esa forma tan visual, perfecto. Y como dices, es cómo debía acabar. Lo que no me gustó (y no quiero hacer spoiler) es el tema de la bebida y tal…

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