El premio Planeta y la degradación de la escritura en España

La construcción de Boris Izaguirre

Tras conocerse la designación de la exministra Sinde como finalista del premio Planeta varios autores manifestaron su disgusto. Quizá la opinión del editor de Demiurgo, David Villanueva, sea representativa de un estado de ánimo generalizado entre parte de los profesionales de la escritura.

Esto es un premio que no tiene nada que ver con eso y dárselo a una exministra será beneficioso para ellos y venderá mucho. Pero no tengo ningún interés literario y no hay ni que mencionarlo. Me da igual a quién se lo den o si es polémico

Villanueva, como Atxaga o muchos otros, pueden atreverse a insinuar que los premios están amañados pero se cuidan mucho de valorar la calidad literaria de González Sinde o de Clara Sánchez. Esto forma parte del guión. Ni la editorial Planeta ni su entorno se molestan demasiado en ocultar la naturaleza del certamen, así que cualquier duda sobre el procedimiento integra sin trauma en su estrategia comercial. Los premios Planeta son, en rigor, una maniobra extraliteraria que aspira a modificar la concepción de la literatura en España, de manera que cualquier persona que consiga publicar una novela sea considerada escritor. El ritmo de la prosa, el equilibrio de los párrafos o el interés de la trama son, cada vez más, cualidades accesorias y, a la vista del nivel artístico de muchos de los autores promocionados, dominar la gramática castellana tampoco es un requisito para beneficiarse del favor editorial.

 Tal estado de cosas sería imposible sin la complicidad de los críticos literarios. Desde luego que en España hay críticos magníficos, y varios trabajan en medios mayoritarios, pero en época de premios su voz queda oculta por el ruido mediático.  La fabricación de Boris Izaguirre es un caso paradigmático y, en muchos sentidos, fundacional. Los premios Planeta cruzaron algún tipo de frontera psicológica cuando designaron finalista al venezolano en 2007. Por supuesto que algunos autores menores ya habían sido agraciados anteriormente, pero con Izaguirre quedó claro que la editorial buscaba pastos comerciales en territorios poco explotados por la literatura. La envergadura de la operación cosmética desplegada para ensalzar los méritos de Boris Izaguirre fue impactante. Y duradera. Antonio Baños, comentarista al servicio de Qué Leer, escribió en 2012 un panegírico sobre Izaguirre que debiera haber supuesto el epitafio de su propia carrera.

Izaguirre se impone la tarea de ser un Balzac caribeño, empeñado en su reedición latina de La Comédie humaine

 A no ser que tengan varias tardes libres para leerse la obra de Izaguirre van a tener que confiar en mi palabra: ni Villa Diamante ni el resto de sus novelas tiene nada que ver con Balzac. No se le parece en la estructura, ni en los intereses ni en el método. Las tramas de Izaguirre apenas sirven como vehículo para expresar su ideología. No hay crecimiento psicológico en los personajes y sus emociones se manifiestan únicamente dramatizando la expresión. El argumento moral no va mucho más allá de exaltar los valores y tópicos de la burguesía adinerada. Dado que una comparación rigurosa de las tramas de Izaguirre y Balzac exigiría un espacio superior al razonable espero que contraponer algún párrafo resulte suficientemente ilustrativo. La primera cita pertenece a Papa Goriot, novela de Balzac. La segunda, a Villa Diamante, del “Balzac caribeño”.

Aunque hay naturalezas blandas en las que se alojan las ideas haciendo estragos, las hay asimismo vigorosamente dotadas, cráneos con bastiones de bronce contra los que se estrellan las pretensiones de los demás cayendo como las balas ante una muralla; existen también naturalezas fláccidas y flojas en las que las ideas ajenas van a morir, como las balas de cañón se amortiguan en la tierra blanda de los reductos. Rastignac tenía una de esas cabezas llenas de pólvora que saltan al menor impacto.

Ambos fragmentos están escogidos al azar.

El chófer la esperaba y necesitaba dirigirse a la cochera de los Uzcátegui, no porque el auto la aguardase allí, sino para recuperar algo que todo el tiempo que estuvo delante de esas cuatro personas la había hecho mantenerse firme. Retrocedió dos pasos y se encontró en el pasillo que enlazaba el salón y la escalera que subía a las habitaciones. Hacía tanto tiempo que no se movía en un espacio grande que notó cómo su tobillo izquierdo comenzaba a no responderle. Su cojera.

Comentar el párrafo de Balzac nos obligaría a un análisis estilístico profundo; el texto de Izaguirre se asemeja a una redacción de instituto. Lo único que se puede hacer es devolver el folio lleno de tachones, marcando la ambigüedad impropia en el sujeto (“El chófer la esperaba –a ella– y –ella– necesitaba…”) o el abuso de la subordinada (“algo que todo el tiempo que…”, “el pasillo que… y la escalera que…”, “hacia tanto tiempo queque notó…”). El sentido del texto no es fácil de comprender, en gran medida por el desorden expositivo que caracteriza la escritura de Izaguirre, llena de acotaciones entre comas que inserta al ritmo de la ocurrencia. Algunos párrafos le salen más claros que otros pero no hay trabajo de estilo, por más que Ernesto Calabuig –en plena fiebre de halagos al finalista del Planeta- declarase que

los lectores no encontrarán en las casi 500 páginas de Villa Diamante un relato frívolo, banal, escrito con prisas o descuido

Cuestión de oficio

María Dueñas no es mi tipo de escritora. No siento interés por sus temas ni por su estilo, ambos un tanto ñoños, en sintonía con esta oleada de sentimentalismo de telefilme que todo lo parece inundar. Pero no tengo problema en reconocer que El tiempo entre costuras me parece un trabajo muy disfrutable, por encima de mis expectativas. Me cuesta entender que la novela de Risto Mejide haya visto la luz pero es comprensible que María Dueñas venda cientos de miles de ejemplares. La historia es emocionante y la prosa muy adecuada, con algún momento de relieve. El párrafo que sigue pertenece al primer capítulo de El tiempo entre costuras:

Aunque entre los nuevos aires de la República ondeaba la moda de los matrimonios civiles, mi madre, en cuya alma convivían sin la menor incomodidad su condición de madre soltera, un férreo espíritu católico y una nostálgica lealtad a la monarquía depuesta, nos alentó a celebrar una boda religiosa en la vecina iglesia de San Andrés. Ignacio y yo aceptamos, cómo podríamos no hacerlo sin trastornar aquella jerarquía de voluntades en la que él cumplía todos mis deseos y yo acataba los de mi madre sin discusión.

Podría apuntarse que ese “cómo podríamos no hacerlo…” tras la coma desluce un tanto el vigor del párrafo pero, en realidad, es cuestión de gusto; no hay nada que reprochar: un estupendo ejemplo de escritura fluida y equilibrada que, al cabo de un rato, se hace invisible y no distrae al lector. Justo lo que necesita una novela que maneja el suspense con maestría. El paralelismo final entre los deseos de la protagonista y los de la madre es todo un acierto que denota trabajo y atención al detalle. Compárese este párrafo con el siguiente, extraído de la novela ganadora del premio Planeta 2013, El cielo ha vuelto, de Clara Sánchez.

A nadie podía contarle que recelaba de mi hermana, me habrían tomado por loca y mala persona, y yo misma también. Empezaba a dudar si no se me estaría yendo la cabeza. Ella me acompañó el primer día que pisé la agencia hacía ahora ocho años. Yo llevaba más de dos trabajando con diversas agencias de modelos, de publicidad y como azafata de televisión. Ganaba bastante dinero y siempre tenía trabajo. Pero un día, después de un desfile en París, Irina, la famosa Irina, fue a verme al backstage. Todos los que trabajábamos en el sector de la moda la conocíamos de nombre, habíamos oído hablar de ella.

 ¡Qué diferencia con la corrección del párrafo de María Dueñas! No comparo a Clara Sánchez con Tolstoi o Valle Inclán sino con Dueñas, escritora dignísima pero sin alardes de estilo. Con Clara Sánchez nos sumimos en un desaliño permanente, un auténtico batiburrillo. La primera frase es horrenda. La elipsis del verbo en “y yo misma también” que se descuelga sin conexión con lo anterior revela ideas sin jerarquizar. La segunda frase parece escrita por un escolar; “dudar si no se me” podría ser un feísmo aceptable en otro contexto pero aquí es indicativo seguro de falta de trabajo. El resto del párrafo abunda en errores menores, especialmente en elipsis inapropiadas.

 Puede que haya algún escritor que consiga párrafos sólidos sin correcciones exhaustivas. No parece ser el caso. El texto de Clara Sánchez, solo un poco inferior al de Izaguirre, comparte las características de alguna de las novelas más promocionadas por revistas culturales y editoriales en este país. Ni una observación propia, ni una metáfora afortunada, ni un símil que sorprenda por lo arriesgado, ni una descripción precisa… nada. Esta es la realidad de los premios Planeta y es por esto que me interesa menos la cuestión del amaño que su influencia en la vida cultural española.

 La escritura preliteraria

 Debo apuntar algo. Siempre hay quien confunde los reproches a la literatura mediocre con atacar a los lectores de best-seller. No es lo que yo pretendo. El problema no es que un libro venda diez copias o un millón, ni que su tema sea de actualidad o la prosa resulte asequible. Faltaría más. Ojalá las editoriales buscaran siempre publicar best-seller al nivel de los de Somoza, King o Reverte, autores que, como mínimo, conocen su trabajo. El problema es que los Planeta están contribuyendo decisivamente a desintegrar la escritura en tanto oficio especializado y la crítica se presta a ello, no solo en las revistas culturales, sino en el mundo de la blogosfera. Quien piense que Internet es el refugio de la crítica independiente debería repasar las opiniones de los blogs literarios más conocidos, en especial cuando se acerca época de premios. Tanto en internet como en los medios de masas la crítica honesta es un oficio de riesgo.

 Por otra parte, no es cierto que el público mayoritario acepte sin más este tipo de literatura, ni que la exija. Al contrario: el trabajo propagandístico que tienen que hacer las revistas culturales y las editoriales para colocar la obra de Jorge Javier Vázquez, Boris Izaguirre, González Sinde o Mara Torres es inmenso. Podría uno preguntarse, ¿a qué tanto desvelo, si escritores profesionales como Eduardo Mendoza o María Dueñas garantizan cientos de miles de ejemplares? ¿Por qué fabricar el prestigio de autores que, en muchos casos, ni siquiera saben componer un párrafo? No se crean que exagero: en el El Buen Hijo, de la exministra Sinde, nos encontramos con un estupendo ejemplo de lo que podríamos llamar escritura preliteraria.

Pues bien, esa mañana, apenas antes de que mi madre tropezara, yo estaba haciéndome un café. (…)

En la tienda tenemos un fogoncito y una pila, porque la imprenta en tiempos incluía en la trastienda una vivienda, modesta, eso sí, pero vivienda, y aunque hemos hecho reformas y ya «no cabe un alfiler»… (…)

(…) mi madre bebe descafeinado de sobre disuelto en agua caliente, un brebaje que yo encuentro repugnante, y bajo ningún concepto me tomo yo un Nescafé. (…)

(…) Estaba enroscando la cafetera cuando en la radio empezó el bloque de anuncios y oí: A ti, dominguero, que tienes alma de caracol… No sé qué detonó en mí esa frase (…)

(…) las palabras «alma de caracol» me dejaron estupefacto, como si fueran dirigidas a mí(…)

Todas las frases pertenecen al mismo párrafo, demasiado largo para reproducirlo íntegro. Creo que me ahorraré explicaciones si incluyo fragmentos de otro párrafo para que quede claro el procedimiento.

En esto que aparece por allí mi hermana Nuria con unas alfombras viejas y se dedica a extenderlas por el suelo. (…)

Vamos, que eran retales, desechos de la vida de otro. Con mi hermana sí me ponía yo a discutir (…)

En estas estoy cuando suena el timbre. Me digo: ¿quién será ahora? ¿Será mi vecino José Carlos? (…)

Bueno, a lo que voy, que en el sueño abro y ¿a quién veo en el descansillo? No a José Carlos, sino a un hombre de unos cincuenta años, de pelo castaño y tez morena (…)

Total, que mi padre pasa dentro y yo digo algo que no logro recordar ahora, pero que sería algo tan ocurrente como «Hola», no creo que se me ocurriera nada mejor.(…)

Este tipo de composición es habitual en una fase de formación artística previa al trabajo literario. Un manuscrito de estas características se devuelve limpio al autor –generalmente un menor entusiasta-, sin correcciones, porque es pronto para afinar la técnica. Se le explicaría, seguramente, que la realidad no es interesante por sí misma, que debe ser elaborada a partir de la selección del detalle. El hecho de que la rutina de casi todos los humanos sea muy similar no quiere decir que nos apetezca leer acerca de ella. Un profesor de escritura creativa le sugeriría al autor que repitiese el texto eliminando lo intrascendente y privilegiando los elementos que de verdad pueden interesar al lector y hacer avanzar el relato.

 Etcétera. Cualquier aspirante a escritor conoce la cantinela: el narrador, sea prolijo al modo de Proust o más directo, al estilo de Hemingway, selecciona la información y la ordena atendiendo únicamente a las necesidades del relato. Que González Sinde no conozca las premisas mínimas del oficio, o no las aplique, no tiene mayor importancia. Lo grave es que este texto haya sido legitimado por la estructura literario-mediática más importante de España. Ni Atxaga ni Rivas parecen tener mucho que decir al respecto porque, paradójicamente, insinuar un amaño es más aceptable que llamar la atención sobre sus consecuencias. Creo conocer los motivos pero, en verdad, me conciernen muy poco. Lo que me preguntaba un poco más arriba sigue encima de la mesa. ¿Por qué promocionar autores de tan ínfima calidad, con el coste en prestigio y reputación, que ello supone cuando escritores profesionales podrían alcanzar las mismas cotas de ventas?

 Hay muchas respuestas. Algunas tienen que ver con devolver favores del pasado y otras con lograr acceso directo a los medios de comunicación: revisen ustedes cuantos periodistas figuran entre los finalistas y ganadores del Planeta en la última década. Sirve para ir atando cabos. Dejando al margen factores socioculturales que excederían las intenciones de este artículo, parece claro que en el estado de la literatura española juega un papel fundamental el intento de abrir nuevos nichos de mercado, algo especialmente urgente en un país al que le cuesta adaptarse a las nuevas realidades tecnológicas. En lugar de apostar por la calidad se promueve que cualquier obra escrita tenga la consideración de literatura y esto incluye los libros de auto-ayuda, las crónicas deportivas –las hay magníficas; la mayoría son basura- o las novelas firmadas por figuras públicas. Salvando excepciones consagradas, los premios literarios tienden a impulsar autores que pasan a engrosar las filas de fenómenos paraliterarios al estilo de Alberto Espinosa. De seguir por este camino el oficio de escritor perderá todo prestigio, si es que le queda alguno, y no se distinguirá entre las obras de los profesionales y las novelas de la figura pública de turno. No me extrañaría que Ana Mato y Jorge Javier Vázquez hayan encargado un emotivo discurso de agradecimiento para las galas de 2014. Por si acaso.

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9 thoughts on “El premio Planeta y la degradación de la escritura en España

  1. Me parece una reflexión totalmente acertada, y de hecho creo que incluso se podría hacer más hincapié en el modo en que buena parte de los escritores “más prestigiosos” de la literatura española han sido cómplices de esta situación que es especialmente fragrante en el caso del Premio Planeta, pero que se puede extender a otros muchos galardones supuestamente literarios. ¿Cuántos escritores relevantes de nuestra literatura reciente han posado, sonrientes, junto al famoso/a de turno, de Juan Marsé y Cela en adelante, en la gala de Planeta, legitimando con su presencia toda esa pantomima? Creo que las declaraciones más sinceras que he leído nunca sobre ese tema fueron las de Arturo Pérez-Reverte que, con su desparpajo habitual, afirmó que no había ganado el Planeta todavía, porque “no le había hecho falta el dinero”. Y lo peor es que, a pesar de ser poco más que un símbolo de la corrupción y degradación del oficio literario, el Premio Planeta continúa siendo el más conocido de nuestro país… mientras que en Francia es el premio Goncourt (que lo han ganado, por ejemplo, El amante de Duras o El mapa y el territorio de Houellebecq) y en Inglaterra el Booker.

    Por cierto, no sé si recordarás, pero este año lo ha ganado una chica neozelandesa que no ha cumplido ni treinta años, Eleanor Catton. Cuando apareció la noticia, por curiosidad, busqué información sobre ella y vi que se acababa de publicar en España su primera novela. La leí y me pareció, sin exagerar, una de las más brillantes a las que me he acercado en los últimos tiempos (de hecho hasta escribí una reseñita en una revista digital donde colaboro http://www.notodo.com/libros/novela/5319_eleanor_catton_el_ensayo_general.html) Bien, a lo que iba, creo que no es casualidad, y que un medio literario degradado y corrupto produce “escritores” como la exministra Sinde y que uno donde se aprecia de verdad el talento novelistas superlativos como Eleanor Catton.
    Un cordial saludo.

    • Qué tal, Mr.X

      La verdad que no quise hacer mucha sangre porque después de las declaraciones de Sábato, Reverte, Delibes o de las justificaciones de Muñoz Molina… ¿qué queda por decir? Creerse los Planeta es casi un acto de fe. Lo que pasa es que es un acto de fe destructivo. La comparación que haces entre los Goncourt, Booker y los Planeta es terrorífica y sí que le deja a uno temblando. Piensa uno en los SADE argentinos, por ejemplo, y ve a Abelardo Castillo o a Piglia entre los últimos galardonados. ¿Cuál fue la última obra que supuso una aportación verdadera a la literatura premiada con un Planeta? Yo me he centrado en la degradación reciente pero es que quizá desde que fue finalista “El aire de un crimen” no ha habido ni un solo trabajo que haya supuesto algún tipo de innovación, o que haya implicado un trabajo de estilo destacado. Igual exagero, porque creo que Benet fue finalista en los ochenta y a lo mejor hubo alguna otra novela sobresaliente… pero no me suena mucho.

      Ya he leído tu reseña de Eleanor Catton. Desde luego me has despertado el interés ^^ Solo la conocía por un par de cuentos cortos y me dejó buena sensación, así que la apunto en lecturas pendientes

      Saludos y gracias por comentar 🙂

    • Lo de El País ha llegado a unos extremos casi absurdos. Hace no mucho era un diario más que respetable, dejando posiciones políticas al margen. Fíjate lo que te digo, en cuanto a tratamiento profesional de la cultura, me parece que ABC, por ejemplo, mantiene bastante más rigor que EP. Curiosa caída de un periódico que fue referente para muchas cosas…

    • Jajaja, qué va, los comentarios y los foros están para charlar sin más. Además, hasta ahora he tenido un nivelazo de comentarios -dentro de que poca gente se anima :(- que le deja a uno temblando ^^

  2. Pingback: PREMIOS MONTGOMERY BURNS 2014 | Nueve Párrafos

  3. Yo, que no he leído ningún libro de Izaguirre o de Jorge Javier Vázquez, los percibía a los dos como “quasigenios” intentando sobrevivir en un mundo de “semitontos ultrafrívolos”, luchando por mimetizarse con “la masa inculta” que los seguía por la tele… Eso ya me parecía absurdo, pero hasta cierto punto los comprendía… Ahora sí que no entiendo nada, menos aún a los del Planeta. ¿Hasta dónde se puede llegar?

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