EL COLOR DE UN DETALLE. SETH, CHEJOV, GRIFFITH… Y OTRA VEZ SETH

Aunque disfruto con el análisis y la crítica me gustaría tener la sensibilidad de un ensayista para comentar, amablemente, cualquier faceta de la vida o del arte.  A veces releo lo que escribo y me da la impresión de que no hago más que quejarme, como si estuviera todo el tiempo persiguiendo el error ajeno. Lamentaría dar esa sensación. Si algo me apasiona del arte es que nos permite atesorar el tipo de detalles hermosos, grandes y pequeños, que convierten una obra en algo digno de ser vivido. Abrí este blog para coleccionar, como si se tratase de un album de fotos, la última mirada de Michael Corleone en El Padrino, que nos revela lo que él mismo jamás comprenderá, la estampa de Coppi y Bartali cruzando los Alpes camino de Aosta, Nanook jugando con su hijo, la manzana putrefacta en la espalda de Gregory SamsaMessi desafiando a la física, la avispa de Jimmy Corrigan o para disfrutar una y otra vez de uno de los finales más hermosos de la historia del cine…

Sin duda el tema del detalle en el arte merecería un bonito ensayo pero no tengo el talento necesario para llevarlo a cabo así que, en su lugar, compartiré una reflexión –breve, lo prometo- a la que llevo dando vueltas unos cuantos días. En concreto, desde que compré  Wimbledon Green, la obra que me faltaba por leer del genial Seth. Tardé en hacerme con este comic porque desconfío de las publicaciones basadas en bocetos. Me merezco copiar cien veces “no volveré a dudar de Seth”. Wimbledon Green, “salida directamente del cuaderno de bocetos de Seth”, es una historia nostálgica y divertida sobre excéntricos coleccionistas de comic que luchan entre ellos para conseguir los más raros y valiosos ejemplares. Aunque está dibujada en un momento en el que a Seth le influye la obra de Ware o de Clowes –yo diría que estos bocetos anticipaban su trabajo en George Sprott-, las aventuras de Wimbledon Green me recuerdan sobre todo a aquellas maravillosas competiciones entre Tio Gilito (Rico McPato para los lectores de Latinoamérica) y Rockerduck (aka Roquepato). Me parece que el espíritu de pasión por la aventura es muy similar.

Pero Seth, incluso cuando trabaja para divertirse, jamás deja de lado su amor por las pequeñas revelaciones de la vida cotidiana. Esta página de Wimbledon Green, de la que reproduzco un fragmento, me tuvo obsesionado varios días

WimbledonGreen35

Reconozco el procedimiento; es un gesto típicamente realista. El autor selecciona un detalle para que digamos “ey, me creo esa luz porque yo he sentido cosas parecidas, mi vida también se ralentiza en los momentos importantes. Este personaje es real”. No es cierto, claro. El tiempo siempre es el mismo y dilatar la narración es el truco más viejo de la escritura. Pero funciona porque contiene algo de la verdad esencial del ser humano, nos habla sobre la forma en que nos relacionamos con el mundo y registramos nuestra experiencia. El realismo es antes una técnica que un género, es una marca de verosimilitud. Como decía Virginia Woolf, no hemos de creernos más una silla real que un elefante imaginario. El autor puede convencernos de que ambos son igualmente tangibles y seleccionar el detalle significativo es uno de los recursos más poderosos con los que cuenta el artista para llenar de autenticidad sus relatos.

Sin embargo, algo chirría en la página. Al mismo tiempo que vemos la luz recorrer la mano de Wimbledon Green (¿o es Don Green?) notamos que la presencia de Seth invade toda la escena. Digámoslo así, no somos capaces de ignorar que la luz está puesta a propósito. El autor está a nuestro lado planificando la viñeta y decidiendo sobre nuestras emociones: no puede ser de otra manera en un arte inmóvil en el que la ejecución está disociada del momento creativo. En el comic no cabe la espontaneidad. Por muchos motivos, va contra su código genético, basado en la planificación y en el aprovechamiento del espacio.

Esa espontaneidad que se le niega al comic le es natural a la buena literatura. No estoy hablando de inspiración, ni mucho menos. Me refiero al “no pensar en nada” que aconseja Ray Bradbury tanto al atleta como al pintor. Los buenos escritores saben que no pueden estar todo el tiempo pensando en las reglas del arte cuando trabajan, tienen que ser capaces de desconectar para que su inconsciente creativo se funda con la esencia del relato. Tiempo habrá para eliminar sin piedad todo aquello que no responda a las necesidades del relato pero,. si hay suerte, quizá sobreviva una palabra imprevista, una asociación de ideas afortunada, una imagen que, inesperadamente, es justo lo que habrían querido ver los personajes.

Esto es lo que se consigue cuando un escritor es capaz de disolver su consciencia en la de su obra y luego la disciplina con naturalidad:

El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.

– ¿Qué te parece? – Se oyeron unas exclamaciones de aprobación-. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!

Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una lucecita roja…

Chejov no detiene la narración para cogernos de las solapas y recordarnos “firmes, muchachos, este detalle es importante. ¡Esto es real!” Sus personajes escuchan un instante al ruiseñor y siguen su camino, el tiempo se dilata solamente lo necesario. El autor no se recrea en el proceso de la selección sino que, al contrario, oculta sus trucos para que no nos preguntemos ni por la verdad ni por la mentira. Ahí está el truco. El realismo no es una forma de representar la realidad, es una técnica que nos permite hacer creíble una narración. Creíble en sus propios términos. Chejov utiliza la imaginación del lector para moverse entre la planificación y el detalle de un modo que al comic le está vedado. Tampoco puede hacerlo el cineasta. Los artistas visuales conspiran contra la imaginación del lector porque la imagen es demasiado potente como para suspender la credibilidad. En cuanto aparecen imágenes el sentido de realidad es completo y el guionista, si quiere introducir detalles significativos, debe seleccionarlos teniendo en cuenta la primacía del efecto de verismo. No cabe la espontaneidad. Se puede producir cierto tipo de realismo, pero es diferente al que hemos visto con Chejov

Pero esto no siempre fue así. Hubo una época en que las reglas del cine se definían al mismo tiempo que se rodaban las primeras películas o, dicho de otra manera, los primeros directores creaban obras sin saber del todo lo que estaban haciendo. No hay, creo, equivalente a las primeras décadas del cine, años de frenética innovación fruto del talento puro de artistas como Mèlies, George Albert Smith o Lois Weber. El cine era un universo tan inexplorado que muchos descubrimientos surgían del azar, incluso en el caso de un gigante como Griffith. En Las Dos Tormentas (Way Down East) Griffith logró una de sus escenas más memorables. El fragmento dura solo cinco minutos y creo que merece la pena verlo antes de continuar. (Por cierto, está disponible en youtube por cortesía de la asociación Linterna Mágica. Impagable el trabajo que hacen por el cine en Sevilla.)

La escena es maravillosa por sí misma pero, en 2:25, el brazo de la protagonista roza suavemente el iceberg y la realidad estalla, desbordando la narración. Ese ligero temblor de la actriz parece arrastrarnos hacia el interior de la historia, como si la nieve fuera más fría y el drama más auténtico por el simple roce del hielo y de la piel.

Las dos Tormentas 4

Me daría pena dejar la sensación de que Wimbledon Green es una obra trivial. No lo es. Es divertida. Rezuma nostalgia, desazón por los tiempos modernos, cariño por el comic… es puro Seth. La mano de Lillian Gish en Las Dos Tormentas o el ruiseñor de Chejov son, por diversos motivos, mejores versiones del realismo que la luz que inunda a Don Green, pero eso nos habla de la diferencia entre lenguajes narrativos, no de la calidad de los autores. En Wimbledon Green, como destaca el propio Seth en el prólogo, lo importante era contar las cosas sin preocuparse mucho por el resultado. Y, aún así, no faltan esas páginas magistrales, llenas de emoción, características del canadiense.

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Aquí no hay artificio, es la verdad desnuda de un autor, expuesta para que el lector la vea y la juzgue si así lo desea. Un hombre que vivió por el comic ha muerto ante nuestros ojos, reclamado por un superhéroe de su infancia, como si su vida hubiera sido una larga misión que toca a su fin. Tal vez así se imagina el propio Seth sus últimas horas. Quizá teme pensar en ello, o se da cuenta, frente al espejo, de que él también se hace viejo. La cuestión también nos afecta, claro, pero no sirve de nada que lo meditemos, tenemos que pasar la página porque ese es el contrato que firmamos cuando abrimos un comic. Y al cerrarlo ya no hay vuelta atrás.  Dentro de unos meses volveré a leer Wimbledon Green y me encontraré de nuevo con este viejo y le veré hablar y me creeré sus rasgos y sus palabras a pesar de que sabré que ya no le queda tiempo. En realidad, sé que nunca ha existido pero, ¿cómo negar que le estoy viendo, congelado para siempre en la misma posición, sin matices, sin voz, ni gestos, y, aún así, tan auténtico? Esta es la verdad profunda del comic y del arte. Merece la pena vivir para coleccionar este tipo de recuerdos.

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