ALEJO CARPENTIER: Un maestro excesivo

Un maestro excesivo

En la primera entrada de esta serie creo que ya hemos asimilado uno de los atributos que caracterizan a las imágenes en la buena escritura. Con aquellas “hojas muertas” Flaubert nos hacía habitar el interior de los personajes a través de una observación aparentemente casual. El efecto habría sido mucho menos intenso si nos hubiera explicado las emociones, y no me estoy refiriendo a la famosa oposición entre “contar y mostrar”, ligeramente falaz. Lo que hace maravilloso al párrafo de Flaubert es que gracias a un sencillo adjetivo nos colocamos en una posición de superioridad sentimental porque comprendemos a los personajes y vivimos su nostalgia antes, incluso, de que ellos mismos identifiquen qué les ocurre. Flaubert nos permite convertirnos, por un solo segundo, en auténticos demiurgos de su narración.

Obviamente, las imágenes en la escritura no pueden estar funcionando siempre al máximo rendimiento porque agotarían al lector, del mismo modo que una película admite un número limitado de giros y sorpresas. Parte del repertorio metafórico de un escritor ha de ser eminentemente visual y eso no quiere decir que la imagen obtenida sea menos meritoria. Proyectar una imagen o una acción en el cerebro del lector es un truco del oficio que no todos los autores dominan por igual. En esta entrada veremos un ejemplo magistral de cómo un buen escritor puede obligarnos a ver el mundo en todas sus dimensiones a partir de un sencillo gesto.

Alejo Carpentier es reconocido ante todo por su barroquismo y por su manejo virtuoso de las palabras. He de confesar que El Siglo de las luces y, en general, la mayor parte de sus textos me aburren soberanamente. Me cuesta mucho disfrutar de tanto adorno, floritura, giro clásico y, la verdad, emplea un vocabulario que me supera por completo. Yo no sé qué hacer con el siguiente párrafo:

Los currutacos y las doncellas paseaban, cada vez más despacio, sin tener ganas de hablarse. Los oficleides y bombardinos escandían, con voces de profundis, aquella sombra que coreaban doscientos pianos de caja negra, en todos los barrios de la ciudad. Hubo un sinsonte que se aprendió <<La sombra>> de cabo a rabo. Pero lo hallaron muerto, de un atorón de cundiamores, cuando su amo –el peluquero Higinio- se disponía a enviarlo

¿Es bueno esto? Seguro que sí, al menos lo parece. Pero yo no entiendo gran cosa de lo que dice. Y no creo que lo justifique el origen cubano de Carpentier y su querencia por los dialectos criollos. Si algún lector latinoamericano tuviera la amabilidad de indicarme que este párrafo es perfectamente comprensible para un nivel cultural medio, me disculparé ante Carpentier de mil amores.  Pero, aún así, me seguiría preguntando por qué se le disfruta con tanto deleite en ámbitos castellanohablantes. Porque de lo que estoy seguro es que para un lector de España las líneas anteriores son oscuras, en el mejor de los casos.

Sin embargo, a pesar de su gusto por la pirotecnia verbal, Carpentier es un escritor de un talento avasallador, un hombre que nació para la palabra. Uno de sus relatos más celebrados es Oficio de Tinieblas, historia invadida por un ambiente denso, lleno de sombras y soledades. En el primer párrafo de Oficio de Tinieblas hay decenas de palabras y expresiones que tienen que ver con el campo semántico del abandono y la muerte. Para mi gusto es un párrafo que abunda en giros demasiado forzados pero, de repente, nos encontramos una metáfora tan sencilla y espléndida que le da vida y nos recuerda que Carpentier es algo más –mucho más- que un poeta en prosa.

Algo había cambiado en la atmósfera. Las palomas de los patios se balanceaban sin arrullos sobre sus patitas rosadas, como con ganas de guardarse las alas en los bolsillos

La imagen es muy poderosa, tanto que nos obliga, literalmente, a imaginarnos a las palomas. No es un símil cualquiera. Nos fuerza a detenernos un instante -una eternidad, en términos literarios- para reconstruir la acción antes de proseguir con la lectura. Parece un ejemplo perfecto de lo que algunos investigadores de la metáfora, como Beardsley, denominan “controversion theory”: el significado literal de un mensaje falla y el receptor se ve impelido a pensar en un segundo nivel, más profundo y connotativo. En este caso vemos unas palomas, se nos proporciona información física coherente (balanceo, arrullos, patitas rosadas) y se incluye un componente fantástico, ese gesto de meter las alas en los bolsillos, que frustra nuestra interpretación literal. Por tanto, el escritor nos impone completar la imagen, haciéndonos formar parte de la narración e involucrándonos en ella. Así, el símil expresionista de Carpentier nos obliga a construirnos nuestra propia visión de esas palomas y las convierte en seres más reales de lo que habrían sido a partir de una descripción más realista.

No es una frase de tanto relieve como la que vimos con Flaubert pero, en cierto modo, también nos deja  en un lugar muy elevado de la gran montaña literaria. Las cumbres en las que nos encontramos aún están llenas de nieve. La capacidad para imponer una forma de ver el mundo es exclusiva de los grandes escritores y es curioso que Alejo Carpentier alcance su máximo rendimiento cuando se aleja de su estilo barroco y recargado. O así lo veo yo. Cosas como

Nadie creía ya en el dulzor de frutos aguados y los aguinaldos dejaron pasar su tiempo sin treparse a los árboles

no me impresionan lo más mínimo. En cambio, la siguiente frase me corta la respiración:

Un niño, disfrazado de ángel, se halló tan feo al verse en un espejo que se echó a llorar

¿Cómo olvidar a este pobre niño? No tengo nada en contra de los autores que exhiben una prosa retorcida, pero en el caso de Carpentier me da mucho que pensar que sus mejores imágenes las construya cuando elige palabras sencillas, cuando hace lo que haríamos cualquiera de nosotros: mirar y describir las cosas tal y como las sentimos.

Mañana –quizás pasado-: UNA SIMPLE COMPARACIÓN. Nabokov: Lost in Translation

Ayer. Parte I: HOJAS MUERTAS

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7 thoughts on “ALEJO CARPENTIER: Un maestro excesivo

  1. Otsuka, me encanta este blog, así sin más… ^^

    La entrada de hoy incide sobre un punto que me interesa; cuando un autor, a medida que sus textos se vuelven más inalcanzables, ya sea por el uso de un vocabulario extremadamente rebuscado o por una elevada sobrecarga en su retórica, dicho autor automáticamente pierde calidad. Supongo que porque confunde la búsqueda de cierta “elevación” en sus historias con una sobrecarga banal.

    Siempre he sido de la opinión que los textos que más conmueven, que más pueden trasladar la calidad intrínseca del autor son aquellos textos que conmueven al autor mismo. Y es por esto que mucha veces exposiciones sencillas como la que comentas del niño disfrazado de ángel, nos llegan más, conseguimos de una manera más sencilla identificarnos con esos detalles.

    Al final uno de los detalles que distinguen al gran escritor del mediocre es precisamente eso, llegar al lector y llegar de la forma que tú comentas, generando imágenes en la cabeza del lector, haciéndole sentir exactamente lo que el autor quiere que sienta.

    Conozco gente a la que Javier Marías, por poner un ejemplo, le carga mucho y su problema puede haber sido, en alguno de sus libros, precisamente cierta sobrecarga. Pero no nos engañemos, posiblemente estemos hablando de uno de los mejores autores españoles de este y de finales del pasado siglo. Quizá haga el ejercicio que estás haciendo tú con algunos de los autores y rescatar algún pasaje de “Corazón tan blanco” de “Mañana en la batalla piensa en mí” o de “Todas las almas”. Todos ellos verdaderas joyas de la literatura española contemporánea.

  2. @ papitooscar

    Gracias, mil gracias 🙂 A mí me encanta tener un comentarista tan cualificado. Ahora me estoy releyendo Tu Rostro Mañana, que me picó el gusanillo después de lo que hablamos ayer. Jo, como sabe enganchar la atención Javier Marías, y con qué poquito le basta…

    Yo también creo como tú. Supongo que es posible escribir textos de manera mecánica, aplicando fórmulas, pero dudo que la calidad pueda ser la misma. No tanto la calidad técnica, como la emocional. Se me ocurre el caso de Jordi Sierra i Fabra, un autor de literatura juvenil que siempre tiene lista una novela para cualquier cosa que pase, y tras cada evento de actualidad tenemos una novelita suya que aprovecha el tirón. No sé, yo le calculo cientos de obras, todas cortadas a partir de tres o cuatro patrones. A mí eso me parece increíble, y no sé si el hombre lo disfrutará plenamente… es casi un trabajo, como estar en galeras.

    Recuerdo, por cierto, una trilogía que hizo en su juventud, En un lugar llamado Tierra, que aun me parece fantástica.

    En cualquier caso, aunque la literatura sea básicamente oficio, de algún modo ha de notarse cuando el escritor adora su historia. En Carpentier me da la impresión de que se adora a sí mismo, a su capacidad lírica -indiscutible- más que a lo que nos va a contar. Cuando veo a alguien escribir con tantos rollos, jo, es que no sé si me quiere contar algo o si quiere que le aplauda. Es como las bicicletas de Cristiano Ronaldo. Muy guay, haces muchas… pero, ¿para qué las quieres, si echas a correr y no te pilla nadie?

    Por cierto, el post de mañana -o pasado- lo retoqué pensando en lo que comentabas en el anterior post. Voy a intentar comentar todo lo que se pierde al no poder traducir a un estilista como Nabokov. De hecho, en el ejemplo que trataré se pierde la única gracia que tiene esa frase en concreto…

  3. Pingback: NABOKOV: Lost In Translation | Nueve Párrafos

  4. Pingback: Esquemas narrativos útiles para vender tu novela. Las ventajas de no apresurarse | Nueve Párrafos

  5. Increíble tu revisión a estos autores. A mí también me dejó helado la imagen del niño. y también me obligó a llenar el hueco con la imagen de las palomas. Cosa curiosa. Últimamente, leyendo a Daniel Sada, me acostumbré al juego rimbombante de las palabras, pero tienes razón: creo que el efecto más crudo se logra, muchas veces, usando el lenguaje más simple. Quizá porque entra directo a la consciencia, en lugar de un procesamiento más cognitivo, por ejemplo.

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