FLAUBERT: Las Hojas Muertas

  Las Hojas Muertas

No es fácil definir a un ser humano atendiendo a criterios anatómicos. Un primate organizado en sistemas sociales complejos, de rostro expresivo y pulgares oponibles podría ser la definición de los geladas, incluso de los papiones. Del mismo modo, diferenciar novelas a partir de su estructura anatómica, esto es, de su trama, tampoco nos lleva muy lejos. Si a un lector le parece más entretenido George R. Martin que Lev Tolstoi no hay más que hablar; el gusto es libre y ambos autores son capaces de establecer una cadena de eventos solvente. De hecho, gran parte de los artistas narrativos son capaces de crear una trama, así que podríamos incluir en un cajón de sastre a miles de escritores, junto a guionistas, monologuistas, publicistas y, por qué no, ilusionistas. Si aceptamos esto y nos conformamos con  observar “las cosas que pasan” para discernir la calidad de un autor estaremos en más de un aprieto. Tanto Ana Karenina como el Diario de Bridgette Jones cuentan la historia de una mujer que quiere amar y ser amada. ¿Tenemos que leernos ambas novelas de principio a fin para saber cuál es mejor? ¿Y si las dos nos entretienen por igual? ¿Podemos deducir entonces que Tolstoi y Helen Fielding pertenecen por igual a la categoría “escritores” del mismo modo que los humanos y los papiones somos parte de los primates catarrinos?

Por suerte, contamos con criterios mucho más útiles que la trama. Basta un párrafo, una frase, incluso una palabra, para distinguir sin dudarlo entre un verdadero escritor y un autor de best-sellers. Durante cinco artículos, que publicaré esta semana, voy a intentar explicar cómo distinguir a un buen escritor a partir de su capacidad para construir imágenes[i]. He decidido comenzar desde arriba, desde una cima del arte, para ir descendiendo en grados de calidad hasta llegar a frases realmente mediocres. Para proporcionar indicios sólidos para identificar el buen uso de las palabras empezaré por el análisis de frases de tres grandes maestros, Flaubert, Carpentier y Nabokov. No son ejemplos equivalentes, puesto que en este aspecto en particular el primero alcanza mucho más relieve que los otros dos, pero ilustran diversas características exclusivas de la buena literatura.

Espero que una vez discutida la obra de buenos escritores quede más clara la diferencia con autores que solo escriben para satisfacer oportunidades de mercado. Para ilustrarlo comentaré alguna frase de Ken Follet, Vázquez Figueroa, Bárbara Wood y Stephen King. Como bisagra entre estos dos universos tan distintos utilizaré a James M.Cain (El Cartero siempre llama dos veces), al que no siempre se le presta la atención que merece. O, al menos, del modo en que se la merece.

Todos los autores citados hasta aquí pueden  considerarse escritores dignos de algún mérito. El post lo cerraré con el texto de un finalista del Premio Planeta que nos permitirá comprender definitivamente qué es un mal escritor y cómo les delata su desconocimiento de las palabras. No temáis, juego sobre seguro: desde hace muchos años el Premio Planeta es un indicador bastante fiable de ausencia de voluntad artística. Para algo han de servir los concursos amañados[ii].

Permitidme que mantenga la intriga respecto a su identidad. Una pista. No es un escritor. Es un tipo que ha publicado novelas.

1 – En la cima del arte: Hojas Muertas

Las luces de las tiendas iluminaban, por intervalos, su pálido perfil; las sombras los envolvían nuevamente; y en medio de los carruajes, de la gente y del ruido, iban sin distraerse de ellos mismos, sin oír nada, como los que van juntos por el campo, sobre un lecho de hojas muertas.[iii]

Este párrafo de Flaubert pertenece a La Educación Sentimental y nos proporciona suficiente material como para cimentar un curso completo de análisis literario. Quedémonos con lo estético pero tengamos en cuenta el estado de ánimo de los protagonistas: no quiero hacer spoilers, así que bastará con saber que tras una historia vital azarosa dos personas que se amaron descubren que algo ha muerto entre los dos. Quedan sentimientos, pero no son los que habían sido. La escena es hermosa y triste a un tiempo y salta a la vista que el estilo del párrafo se ajusta a la melancolía que pretende transmitir la trama en este punto. Pero habría sido una simple frase, bonita y bien equilibrada, de no ser por esa imagen final que todo lo transforma, de no ser por esas hojas muertas.

Acerquémonos  un poco más y oigamos esta frase. Su período se sostiene a partir de la tensión entre el bullicio de la ciudad y el silencio de los protagonistas, que son ajenos a las luces y los ruidos que les rodean. Las hojas muertas que resuelven la tensión de la frase nos sugieren la textura del otoño y cierta combinación de colores que nos parecen coherentes con un estado de ánimo lánguido, incluso declinante. Además, las hojas caídas introducen la auténtica banda sonora de la frase. Los carruajes pasan en silencio, pero escuchamos el crujido de las hojas resecas bajo los pies de Frédéric y  Madame Arnoux, un ruido íntimo que solo les pertenece a ellos. La frase le pone sordina a la sinfonía de la ciudad y hace que resuene, muy cerca de los personajes, un suave crujido privado[iv].

No es casual que las hojas estén muertas y no simplemente secas. Están muertas porque así lo requiere la trama, porque los personajes ya no tienen capacidad de amarse como lo habían hecho antes. El narrador –máscara del escritor- elige una palabra que desvía sutilmente nuestra atención desde la ambientación exterior hacia las profundidades psicológicas de los personajes. En este caso basta elegir el adjetivo preciso, “muertas”, para hacernos sentir desde dentro el dolor y el lamento por las cosas perdidas. Una vez logrado su objetivo el narrador regresa, como si se tratase de un demiurgo desenmascarado, a su actitud impersonal. Así, la imagen nos proporciona un contraste sonoro y  nos hace sentir  las vivencias de los personajes. Todo ello por colocar una palabra en el momento oportuno.

No se puede llegar más lejos con una metáfora. Sentimos que algo se ha roto y que no se puede reparar. Si Flaubert hubiera escrito “ya no podían amarse del modo en que se habían amado antes” podríamos aceptar que tres páginas después nos dijera lo contrario porque, al fin y al cabo, en las novelas las cosas pueden cambiar. Pero al hacer que nos fijemos en unas hojas muertas comprendemos al personaje desde su interior y sentimos su amargura con más claridad de la que jamás alcanzarán Frédéric y Madame Arnoux . El cambio es irreversible porque lo hemos experimentado desde dentro. Si su estado de ánimo mutase más adelante sentiríamos que el autor nos ha traicionado, pero podemos estar tranquilos: quien sepa mostrarnos el alma de sus personajes con unas pocas palabras es un escritor de confianza.

Esto es el arte literario en su máxima expresión. Sencillamente, no se puede escribir mejor.

Mañana: UN MAESTRO EXCESIVO. ALEJO CARPENTIER.

NOTAS

[i] Suficientemente larga va a resultar la serie de posts como para explicar su fundamentación teórica en detalle. Diré solamente que cuando hablo de imágenes me refiero a cualquier recurso retórico que permita visualizar algún aspecto de la narración. Por supuesto que la metáfora suele requerir una dosis extra de talento y trabajo. En este sentido creo que la intuición de Aristóteles aún resulta evocadora: la metáfora sería para el Estagirita una forma desviada del lenguaje exclusiva del mundo del poeta. Sé que citar a Aristóteles suele indicar conocimientos superficiales de la materia pero en este caso su concepción anómica de la metáfora está en la base de parte de la teoría cognitiva de los años setenta; es el caso de autores como Levin o Loewenberg, cuya obra aún resulta provechosa. Creo que esta tradición no es incompatible con la de Lakoff, representante de la Semántica Cognitiva, que afirma que todo el sistema conceptual de los hablantes de cualquier idioma está compuesto de metáforas. Por tanto, a efectos de este artículo consideraré que una imagen, sea o no metafórica, es una reconstrucción artística basada en el sustrato compartido por todos los hablantes de un idioma, independientemente de su nivel cultural.

[ii] ¿Me he metido en un lío? Diré que, en mi inocencia, me fío mucho de la palabra de Miguel Delibes. El buen hombre quizá no sabía mucho de “hacer negocios” pero de ética entendía un rato.

[iii] Utilizo la versión de Mondadori, que respeta en su práctica integridad la traducción de Giner de los Ríos. Según varias fuentes, se trata de una de las más cualificadas.

[iv] En alguna versión en castellano se ha cambiado la frase de modo que finaliza con “lecho de hojas secas”. No le veo mayor justificación a la decisión, especialmente si tenemos en cuenta que las dos versiones que incluyen este párrafo, la de Charpentier de 1891, y la de Conard, de 1910, se puede leer “lit de feuilles mortes”. Si Flaubert hubiera querido hablar de hojas exclusivamente muertas pudo haber utilizado “feuilles sèches”. Deduzco que  algún traductor se dejó seducir por la cualidad sonora de “feuilles mortes” y lo tradujo por “hojas secas”, que en castellano nos hace pensar en crujidos. Sin embargo, la pérdida artística es irreparable. El párrafo queda inevitablemente mutilado.

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6 thoughts on “FLAUBERT: Las Hojas Muertas

  1. Interesantísimo post y ya deseando seguir leyendo la serie. Trata un tema que muchos hemos sido capaces de “sentir” pero de dificil explicación; cómo hacer distinguir cuando hablamos de un buen libro (y escritor) o de un mero bestseller. Y es curioso y descriptivo el texto que ha escogido para explicarlo, transmite perfectamente el por qué esa distinción es más una sensación que un hecho factible.

    Por otro lado dos detalles:

    Me gustaría que me comentases tu opinión sobre dos escritores que me encantan pero a los que considero tan diferentes, como son Javier Marías y Haruki Murakami.

    Y por último resaltar la importancia de las traducciones, como haces en una de tus notas, es tal cual; una buena traducción es fundamental para realmente apreciar un buen libro, hasta el punto que una traducción mediocre estropea sin remisión una obra de arte. Y esto me lleva a una reflexión que llevo tiempo pensando: cuánto condiciona el lenguaje que se utiliza para según la obra que queramos escribir. Ejemplo: Es muy diferente explicarse en inglés o en japonés. Hasta el punto que a veces considero que ciertas obras solo se pueden escribir y comprender en determinados idiomas y que la traducción solo hace que empequeñecer la obra (cual película en V.O.).

    Se me olvidaba, felicidades por el artículo.

  2. Muchas gracias, Papito, me alegra un montón que te haya gustado ^^.

    Empiezo por el final. A mí es un tema que me obsesiona bastante, el de las traducciones, y siempre tengo miedo de estar diciendo alguna tontería por no contar con la traducción adecuada. Quizá lo más complejo es trasladar figuras de estilo como, por ejemplo, las aliteraciones. En la tercera entrada de esta serie -pasado mañana, si todo va bien- trataré precisamente esto que comentas a propósito de Nabokov, un estilista del inglés. En la traducción se pierde casi toda la gracia. ¿Cómo podemos pedirle a un inglés que traduzca a su propio idioma algo como “el cruel graznido del grácil grajo”? Ese sonido de sierra, sencillamente, se pierde. Y en esa frase no pasa nada, pero traducir Platero y Yo, por ejemplo, es una derrota ineludible. ¿Qué hacer para compensarlo?

    La verdad que un traductor requiere dotes artísticas especialmente desarrolladas. Por cierto, que te invito a escribir sobre ello cuando quieras 😀

    Javier Marías me parece un escritor notable con momentos sobresalientes. Si pienso en sus primeras obras, como “El monarca del tiempo”, me llegan ecos de un estilo muy hinchado, con palabras un poco rebuscadas. O esa impresión tengo, igual me puedes corregir. Y aún así lo recuerdo con agrado. “Tu rostro mañana” sí que me gustó mucho. Aún no he podido leer “Los enamoramientos”, pero tendré que hacerlo, aunque solo sea por la polémica que se montó con el Premio Nacional de Narrativa. Aún así la literatura española tiene un no sé qué de intensidad y seriedad que me desalienta. Todo es muy grave, lleno de sentimientos… Clarín es un genio, pero no nos hubiera venido mal contar con algún referente complementario un poco más dispuesto a divertirse. Qué sé yo, un Oscar Wilde, o un Stevenson… Está muy bien tener personajes que sufren… pero también podríamos divertirnos más con piratas o con fantasmas, ¿no? xD

    Con Murakami tengo más problemas. No me interesan lo más mínimo sus argumentos, así de claro, pero en cuanto me pongo a leerle reconozco que construye ambientes a un tiempo fascinantes y con un toque opresivo, o desesperanzado. Creo que tiene exceso de verborrea y no me extraña que su editor intente eliminar cientos de páginas de sus novelas. No me entusiasma, pero, curiosamente, sus cuentos cortos me gustan mucho y me pareció una pasada, pero una pasada, su libro sobre sus experiencias con el atletismo. Tras leérmelo, volví a intentar Norwegian Wood y la verdad que me entró mucho mejor…

  3. Pingback: NABOKOV: Lost In Translation | Nueve Párrafos

  4. Pingback: Esquemas narrativos útiles para vender tu novela. Las ventajas de no apresurarse | Nueve Párrafos

  5. Interesante proyecto, los estudios literarios lo abordan a partir de la estética a la que se le suma como herramienta la deconstrucción. Interesante pero debo admitir que muy dificil de llevar a buen puerto. Los problemas son varios, primero y principal el bagage cultural del lector, su intencionalidad al leer y su mentalidad derivada de su origen, etc. Por ejemplo, ¿Quién puede negar que Don Quijote es una de la mejores obras jamás escrita? sin embargo Borges, etre otros, afirmaba que su prosa era deficiente. Hay grandes obras un poco pesadas de leer como La guerra y la paz de Tolstoi, donde el autor maneja con gran maestría una infinidad de personajes. Otras que aunque nos gusten no estamos seguros de saber qué estamos entendiendo o si nuestra comprensión nos permite ir más allá de lo anecdótico, obras como: La Ilíada, Gilgamesh, etc. Estoy de acuerdo con Borges cuando decía que la filosofía es una rama de la literatura fantástica, y de hecho los grandes filósofos son ante todo grandes escritores. Por otro lado si bien estoy de acuerdo con su análisis de Flaubert, Carpentier, Nabokov, etc. hay muchas frases de ellos mismos que no tienen mucha trascendencia. Si Mme. Bovary es su obra más conocida no es necesariamente por su prosa sino por su contenido. Hay obras que han trascendido sin una gran historia, como: El hombre sin cualidades de Musil, Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido de Proust, etc. Ahora bien, cómo se distingue un buen autor de un mal autor creo que puedo explicarlo metafóricamente con una respuesta que me dio un profesor de enología cuando le pregunté cuál era el mejor vino. Me dijo: los mejores vinos son dos: 1. el vino que conserva en su mayor expresión las cualidades gustativas y aromáticas de la variedad de uva con que se hizo, y 2. el vino que más placer te da tomar, con cocacola, con seven-up, con jugo, con agua gasificada, frío, caliente, etc.

    • Pues se suponía que WordPress me avisaba al correo de los comentarios 😦 Lo siento mucho, ElFutre, revisando este artículo me encontré tu comentario del que no tuve noticia en el correo. Ya es muy tarde para contestarte, me temo, pero me ha encantado tu comentario y la analogía del final es tremenda! Muy reveladora ^^

      Yo me limito a la estética y a la estilística en gran medida porque creo que son los aspectos más descuidados en el análisis literario contemporáneo. Es obvio que la buena prosa lo es en la medida en que se adecua al contenido. Por citar a un buen escritor español, como Wenceslao Fernández Flórez, la prosa lírica tan inflada de “El Bosque Animado” solo adquiere sentido en tanto que los relatos son contemplativos, a medio camino entre el cuento infantil y la alegoría. De manera inversa, el mejor prosista en español de todos los tiempos -en mi opinión-, que es Valle Inclán, estropea alguno de sus cuentos porque no rebaja el nivel retórico.

      Es decir, soy consciente de que la solidez, altura o sonoridad de la prosa no es más que uno de los aspectos de la calidad literaria, ni mucho menos el definitivo. Pero me parece que, precisamente por ser inseparable el contenido de la forma, a través de un análisis preciso de la forma debiéramos acceder a aspectos relevantes de la totalidad de la planificación del autor.

      Además… se puede analizar y explicar sin falta de que los lectores conozcan la obra al completo. Y se puede analizar sin hacer spoilers, virtudes ambas importantes en un blog 😀

      Un abrazo, disculpa por el retraso en la respuesta.

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